Te echo de menos, mamá…

Te echo de menos,

te echo mucho de menos.

Te abrazaría ahora en vez de estar escribiendo,

o preferiría mirarte, casi embelesado,

deseando darte un beso y seguir dándote besos.

Echo de menos el que pronuncies mi nombre,

el hablarte, el oir tus palabras, el oír tu sonrisa.

Echo de menos el no poder estar contigo,

el no poder verte más,

el tomar cualquier cosa en cualquier sitio,

el ver tu sonrisa y reirnos.

Te echo de menos, mamá…

hoy más que nunca.

Te quiero… y siempre te querré.

Y qué mejor que un poema de Miguel Hernández, donde siempre has vivido.

19 DE DICIEMBRE DE 1937Desde que el alba quiso ser alba, toda eres
madre. Quiso la luna profundamente llena.
En tu dolor lunar he visto dos mujeres,
y un removido abismo bajo una luz serena.
¡Qué olor de madreselva desgarrada y hendida!
¡Qué exaltación de labios y honduras generosas!
Bajo las huecas ropas aleteó la vida,
y sintieron vivas bruscamente las cosas.

Eres más clara. Eres más tierna. Eres más suave.
Ardes y te consumes con más recogimiento.
El nuevo amor te inspira la levedad del ave
y ocupa los caminos pausados de tu aliento.

Ríe, porque eres una madre con luna. Así lo expresa
tu palidez rendida de recorrer lo rojo;
y ese cerezo exhausto que en tu corazón pesa,
y el ascua repentina que te agiganta el ojo.

Ríe, que todo ríe: que todo es madre leve.
Profundidad del mundo sobre el que te has quedado sumiéndote y
ahondándote mientras la luna mueve,
igual que tú, su hermosa cabeza hacia otro lado.

Nunca tan parecida tu frente al primer cielo.
Todo lo abres, todo lo alegras, madre, aurora.
Vienen rodando el hijo y el sol. Arcos de anhelo
te impulsan. Eres madre. Sonríe. Ríe. Llora.

MIGUEL HERNÁNDEZ.

Amor infinito

¿Sabes?,
Aún recuerdo nuestra primera mirada,
Aún recuerdo nuestras primeras palabras,
Nuestro primer roce,
Aún recuerdo que salió bien,
Que nos gustamos al instante.
Tú me mirabas, yo te miraba,
en el rincón del barrio
Y nuestras miradas se cruzaban,
Y nuestras sonrisas se mezclaban,
Y tratando de huir se esfumaban,
¿Por qué tenemos miedo?,
¿Por qué a veces es tan difícil hablar?

La noche te trajo a mi,
Tu decisión hizo que mi miedo se alejase,
Que nuestro amor empezase a manifestarse,
Salir de ese letargo que parecía eterno,
Un amor que rompe barreras,
Que nos lleva al fin del mundo

Un amor infinito

Ese amor existe,
Ese amor no morirá,
A pesar de los problemas,
A pesar de las lágrimas
Y ya han pasado
Muchos meses de miradas,
Muchos meses de tonterías,
Muchos meses demostrando nuestro amor,
Porque hay cosas que resulta imposible,
Imposible de borrar,
No dejemos que el amor se oculte tras los árboles,
Ni que acabe frío como el invierno,
La verdad es que este amor nunca puede acabar,

Y amo,
Y también sufro,
Pero no quiero olvidar, ¿por qué?

Amor para siempre,
el amor de mi vida…
no te apagues.

A mi madre…

A mi madre

 

Tú, la que fuiste mi luz primera

tras la nada de la noche oscura.

Tú que al temor me hiciste fuerte,

Tú, a quien no supe cómo llamarte.

 

Tú, a quien vi con desvelos, pagar

mis miedos y mis febriles noches.

Tú que me llenaste de ilusiones,

de quien aprendí y me enseñó a soñar.

 

Tú que en mi vida fuiste la fuerza

que doblegó mi desesperanza.

Tú, que me enseñaste aquellos cantos

que en mi alma viven, para amar a todos.

 

Tú, la que siempre estará a mi lado.

Tú, que eres la sombra de mis pasos.

Tú, que ligada estás a mis sueños

con rostro alegre y dolor callado.

 

Tú, para quien ya no tengo tiempo,

el espacio cruel que nos separa.

Tú, de quien me cobijé de niño

y como un niño, tu vida llora.

 

Hoy que ya entendí como llamarte

porque siempre estás a mi lado,

Hoy que al fin entendí cómo hablarte

también aprendí a llorar callado.

 

De aquella noche, de oscura nada,

fui en ti, chispa de viva esperanza,

tú en mi eres la flama eternizada,

viva en la carne, viva en el alma.

 

Hoy que ya entendí como llamarte,

Hoy que al fin entendí como hablarte,

Iré a tu tumba para decirte,

¡Mami, jamás dejaré de amarte!

Tesis…

Dedicada a mi madre
UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID
Departamento de Filología Inglesa I
 

DEFENSA TESIS DOCTORAL
«ESTUDIO FRASEOLÓGICO DEL USO DE
COLOCACIONES GRAMATICALES Y GRUPOS
LÉXICOS EN TEXTOS ARGUMENTATIVOS NATIVOS
Y NO NATIVOS: ANÁLISIS DE CORPUS DE
ESTUDIANTES»
 
Madrid, 26 de octubre de 2007
Sala de Juntas, 11.00 horas

Para mi mami…

… dos meses ya…

PARA MI MADRE

 

Tú, la que fuiste mi luz primera

tras la nada de la noche oscura.

Tú, que al temor me hiciste fuerte,

Tú, a quien no supe como llamarte.

 

Tú, a quien ví con desvelos pagar

mis miedos y mis febriles noches.

Tú, que me llenaste de ilusiones,

de quien aprendí y me enseñó a soñar.

 

Tú, que en mi vida fuiste la fuerza

que doblegó mi desesperanza.

Tú, que me enseñaste aquellos cantos

que en mi alma viven, para saber amar.

 

Tú, la que siempre estará a mi lado.

Tú, que eres la sombra de mis pasos.

Tú, que ligada estás a mis sueños

con rostro alegre y dolor callado.

 

Tú, para quien ya no tengo tiempo,

el espacio cruel que nos separa.

Tú, de quien me cobijé de niño

y como un niño, tu vida llora.

 

Hoy que ya entendí como llamarte

porque siempre estás a mi lado,

Hoy que al fin entendí como hablarte

también aprendí a llorar callado.

 

De aquella noche, de oscura nada,

fui en ti chispa de viva esperanza,

tú en mi, eres la llama eternizada,

viva en la carne, viva en el alma.

 

Hoy que ya entendí como llamarte,

Hoy que al fin entendí como hablarte,

Iré a tu tumba para decirte,

¡Mami, jamás dejaré de amarte!

A mi mami

 

Carta de Vicente Aleixandre a Dámaso Alonso. (11.03.1934)

 

«Ha muerto mi madre, Dámaso. Murió hace tres días, el ocho, a las cuatro horas de acabarse la operación, de la manera más inesperada. Le habían extraído un cálculo mayor que una avellana, y todo parecía ir bien. Pero su pobre corazón cansado, su cuerpo intoxicado por tantos días en enfermedad no pudieron resistir, no consiguieron vencer la anestesia, y sobrevino la muerte sin que recuperara el conocimiento. A las dos horas de operada la vio Rozábal, que la encontró bien y recomendó sólo una ampolla de aceite alcanforado para sostener el corazón. Pero media hora antes de morir su pulso estaba débil y su cuerpo no entraba en reacción. Se le puso adrenalina. Nosotros no nos dábamos cuenta de la gravedad. Diez minutos antes de morir no lo sabíamos aún. Murió en un sueño, sin agonía; tan dulcemente que no queríamos creerlo. Yo recogí su último aliento cuando volvía corriendo de buscar al médico de guardia. Fue todo rápido, brutal; brutal en su tremenda realidad, no en su forma que fue suavísima, en un tránsito insensible. Me parecía dormida, tan dulce, tan en paz. Toda su vida de amor infatigable, toda la actividad de su espíritu para querer me parecían tenerlos cuando la besé en su frente ya muerta,

                La trajimos inmediatamente a casa y anteayer la enterramos. No dejamos ir a mi padre al cementerio y fui yo solo. Vinieron parientes y amigos familiares. Yo a nadie avisé porque no quería ver a nadie.

                No te quiero decir nada de mi. De lo que yo siento que me falta, de esta sensación casi física de mutilación no te puedo hablar. Yo no sé cómo son las madres. Yo sé cómo era la mía, y sé que la generosidad y el amor suyo no eran como otros. No, Dámaso, no. Tú no sabes cómo era mi madre. No he conocido nada, nada, comparable en cuanto a renunciación de sí misma. Había que verla minuto a minuto, en las mínimas reacciones en la intimidad, para ver que ella no sentía su cuerpo, su persona; parecía como si no los notara y fuera sólo espíritu, dádiva, despreocupación por la propia materia. No espíritu de mortificación, no; sino un fuerte y alegre verterse hacia los demás, un generoso instinto de olvido de sí misma.

                Conmigo sufrió mucho, pobre madre mía. Yo que he pasado enfermedades graves y he estado desahuciado, sé cómo la he sentido a mi lado y de qué manera, cuando casi se arrastraba porque no podía materialmente con su cuerpo. Yo sé cuál era su fortaleza y su ternura de madre. He visto su corazón roto por mí y la he visto entera sonriéndome casi con heroísmo. Pero no es esto; es todo lo demás, lo del minuto y el afán diario, lo del perdón y la comprensión y el amor más puro lo que no puedo definir, pero lo que siento que me grita en mi corazón.

                ¿No habrá más vida? Cuando la miraba tan pura y tan serena, me apenaba horriblemente la duda de que esté definitivamente muerta. ¿Nunca más? ¿Jamás en otra parte? ¿Muerto, definitivamente muerto, aquel espíritu que era mío en mí y que ya no es nada? No puedo, no puedo con esta verdad, si lo es. Qué hermosa la esperanza en otra vida, qué humilde esperanza la de reintegrarse en los que se quiso.

                Hoy he ido a misa con mi padre, quizá no creo en nada, no lo sé; pero lo haré todo por ella (iré a sus misas, a su rosario) porque sé que ella se alegraría con ternura. Claro que iré. Si no creo, creo en ella y en lo que ella creía.

                Adiós, Dámaso. Tu carta me hizo llorar porque llegó cuando yo venía de darle tierra. Murió sabiendo que moriría. Se despidió (casi sin insistir, por no apenarnos) antes de operarse, y fue sonriente y resignada, con una mirada que era un adiós entre una sonrisa como de falsa esperanza. ‘Qué buenos sois, hijos míos; me voy contenta a operarme’. Y se sonreía y decía que estaba alegre.

                No sigo, Dámaso. Adiós, adiós. Yo sé que tú la estimabas ¿verdad? Adiós, te abrazo mucho. Vicente».