“1984” by George Orwell

«The Ministry of Truth—Minitrue, in Newspeak—was startlingly different from any other object in sight. It was an enormous pyramidal structure of glittering white concrete, soaring up, terrace after terrace, 300 metres into the air. From where Winston stood it was just possible to read, picked out on its white face in elegant lettering, the three slogans of the Party:

WAR IS PEACE
FREEDOM IS SLAVERY
IGNORANCE IS STRENGTH»

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Descubre el triángulo orwelliano de Barcelona

Descubre el triángulo orwelliano de Barcelona

El CCCB festeja su Día Orwell 2014 con una conferencia de Colm Tóibín y una ruta literaria por la Barcelona del Homenaje a Catalunya. Nosotros también.

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“Me fui a vivir en Barcelona en 1975, cuando tenía 20 años -contaba el autor irlandés Colm Tóibín en una entrevista– Incluso antes de ir, sabía más sobre la guerra civil española que sobre la irlandesa”. La culpa, por supuesto, es de George Orwell. Su Homenaje a Cataluña ha servido de inspiración literaria, biblia política y mapa de rutas de Ciudad Condal para todas las generaciones posteriores desde su publicación en abril de 1938.

En el caso de Tóibín, la influencia ha sido especialmente productiva: todas sus historias “catalanas” son descendientes de Orwell, desde su propio Homenaje a Barcelona -que retrata no la guerra civil sino la vida en una Barcelona traumatizada por el franquismo- a su primera novela, El Sur, donde una pintora irlandesa protestante viaja a la Barcelona de los 50 y acaba viviendo con un anarquista en un pequeño pueblo del Pallars. Es por eso que el irlandés ha sido el encargado de homenajear al británico con motivo del Día Orwell 2014. Una efeméride que se ha inventado el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona porque la oficial, decidida el año pasado por sus herederos, The Orwell Prize y su editorial Penguin, es el 21 de junio, aniversario de su muerte.

Como parte de los festejos, Tóibín dará el martes a las 19.30 una conferencia titulada Barcelona, de George Orwell a la democracia. La fiesta incluye una guía por la Barcelona de Orwell (concretamente, una ruta literaria en catalán, castellano e inglés) aquí. Este artículo, también.

Tres lugares orwellianos de Barcelona

HOTEL CONTINENTAL (La Rambla, 138)
Cuando George Orwell y su mujer Eileen O’Shaughnessy llegaron por primera vez a Barcelona en diciembre del 36, se alojaron en el Hotel Continental, un establecimiento de cierto abolengo que había sido colectivizado durante la guerra como sede del gobierno local. El hotel estaba (y sigue) en las Ramblas y la primera impresión del autor fue especialmente triunfal:

“El aspecto de Barcelona resultaba sorprendente e irresistible. Era la primera vez en mi vida que estaba en una ciudad donde la clase trabajadora tenía el mando. Casi todos los edificios estaban en poder de los obreros y cubiertos con banderas rojas o rojinegras; en todas las paredes había hoces, martillos y las iniciales de los partidos revolucionarios. […] A lo largo de las Ramblas, la ancha arteria del centro de la ciudad por donde circulaba un río interminable de gente, los altavoces atronaban las canciones revolucionarias durante todo el día y hasta bien entrada la noche.

Aunque su intención original era escribir, Orwell se vió rápidamente contagiado por el ambiente revolucionario y se alistó en el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), que lo mandó al frente de Aragón. Allí recibió el disparo en el cuello que le llevó de vuelta a Barcelona para encontrarse con que las tropas revolucionarias se habían vuelto unas contra otras, durante el lamentable proceso que se llama las Jornadas de Mayo.

Dicen que fue en el Continental donde escribió gran parte de su Homenaje a Cataluña y es perfectamente posible, porque tardó menos de un año en publicarlo. Orwell y su mujer escaparon de Barcelona en la madrugada del 23 de junio de 1937. El hotel sigue abierto -aunque su vestíbulo ha sido devorado por un Springfield- y hasta sigue regentado por la misma familia Malagarriga que lo compró en 1931, para perderlo momentáneamente durante la guerra. Además de sus icónicos cobertores de satén rosa brillante y sus balcones redondos, el tres estrellas tiene ahora una lámpara George Orwell y un salón George Orwell.

HOTEL RIVOLI ( La Rambla, 128)
Diez números más abajo, en la misma acera, estaba la sede del Comité Ejecutivo del POUM, en las oficinas incautadas al Banco de Catalunya. Siguiendo órdenes de defender la sede, Orwell se apostó junto enfrente con otros milicianos en lo alto del teatro Poliorama.

“Debíamos defender los edificios del POUM si eran atacados, pero los dirigentes habían dado instrucciones en el sentido de mantenernos a la defensiva y no abrir fuego si podíamos evitarlo. Justo enfrente había un cine llamado Poliorama, con un museo en el primer piso y, en la parte más alta, muy por encima del nivel general de los tejados, un pequeño observatorio con dos cúpulas gemelas. Éstas dominaban la calle, y unos pocos hombres apostados allí podían impedir cualquier ataque contra los edificios del POUM. Los encargados del cine eran miembros de la CNT y nos dejarían entrar y salir.”

El museo era (y es) la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona y el Poliorama, una sala con 630 butacas que alternaba cine y teatro. Estaban echando la zarzuela María de la O de Manuel López Quiroga y Rafael León cuando fue incautado por la CNT-FAI. Y allí estuvieron tres días y tres noches, mientras Orwell leía y comía queso que había comprado en La Boquería. Allí le encuentra Ramona en Si te dicen que caí, de Juan Marsé:

“En las Ramblas no se veía un alma. En el hotel, una miliciana con el gorrito ladeado sobre los rizos fue en busca de tío Artemi. Se oían risas y canciones de soldados, en el pavimento resonaban culatazos de fusiles y había mucho trajín de chicas recaudando fondos para el Socorro Rojo. Mi tío no estaba, había ido al Comité, que estaba más arriba, junto al café Moka. Fuimos y allí nos dijeron ha ido a hablar con el inglés en la azotea del edificio de enfrente, sobre el cine Poliorama, ¿ves la cúpula?, me dijeron, ¿ves al Paco que asoma la cabeza? Recuerdo el perfil alertado de un hombre flaco, con el fusil vertical rozándole la nariz, leyendo un libro. Mi tío apareció a su lado ofreciéndole una botella de cerveza y palmeando su espalda. Me enteré entonces del asalto a la Telefónica y me explicaron la situación: se temía un ataque a nuestros locales, había que defender el hotel.”

El inglés, por supuesto, era Orwell. La sede del POUM es ahora el hotel Rivoli, que luce como homenaje una placa dedicada a su líder, el marxista revolucionario Andreu Nin al que sacaron de allí a rastras para entregarlo a la policía secreta soviética. La placa está emparedada entre un Subway y un Banco Popular. Al lado estaba el café Moka (La Rambla, 126), donde “los guardias de asalto habían bajado las persianas metálicas y apilado muebles en forma de barricada”. Hoy también sigue abierto pero lo más cerca de un marxista que se puede ver dentro son los rusos que visitan Barcelona.

LA PLAZA DE GEORGE ORWELL ( Gótico)
Encajada entre la calle Escudellers y la calle Aviñón en el Barrio Gótico de la Ciutat Vella de Barcelona, la plaza de George Orwell no se llamó así hasta el 5 de marzo de 1996, seis años después de su inauguración. Es por eso que se conoce cariñosa y popularmente como La plaza del Tripi, homenaje a la escultura psicodélica que corona la plaza, realizada por el surrealista de Lleida Leandre Cristòfol, y al ambiente distendido que pronto caracterizó el espacio, una mezcla de pequeño narcotráfico, jarana y consumo indiscriminado de alcohol.

Fue por culpa del botellón, las protestas de los vecinos y el uso indecoroso que hacían los locales de la obra de Cristòfol que el Ayuntamiento decidió, en 2001 y aparentemente exentos de ironía, convertir la plaza Orwell en el primer espacio público de Barcelona controlado por cámaras de videovigilancia municipales. La paradoja le ha dado nueva vida al espacio, aunque sólo sea en la Red.

George Orwell: ensayos

Necesitas leer a George Orwell, padre del Gran Hermano

  • Ya has leído 1984 y Rebelión en la granja; ahora Debate publica una gran colección de ensayos donde brillan su poder visionario y su compromiso vital contra la tiranía

La verdad nos hace libres, pero no felices. George Orwell lo sabía y su compromiso estuvo siempre con la libertad, una novia ferozmente fundamentalista. “En tiempos de mentira universal decir la verdad es revolucionario “. El autor de 1984 y Rebelión en la granja es el gran escritor antisistema. “Según escribo estas líneas -advierte en El león y el unicornio– seres humanos sumamente civilizados intentan matarme”.

Adviértase el uso especial de la palabra “civilizados” porque aparece con frecuencia en la colección de mil páginas y cien textos periodísticos del autor que acaba de publicar Debate. Allí están sus experiencias como miliciano del POUM en la Guerra Civil española, donde recibió un tiro en la garganta (más tarde dijo que, de haber conocido más la situación política en España, se habría unido a la CNT). Y la sociedad clasista inglesa, críticas a libros de sus contemporáneos, visiones y amenazas del nacionalismo y su bestia negra, la hipocresía del lenguaje político “diseñado para hacer que las mentiras sean creíbles y el asesinato, respetable”.

Su formato preferido fue el ensayo personal, donde una anécdota aparentemente inocua conduce a conclusiones universales sobre la vida, la condición humana o la situación política del momento. Así introduce sus once claves para hacer la taza de té perfecta, defiende la belleza del sapo común, describe la experiencia de ver colgar a un hombre y analiza por qué los libros son más caros que los cigarrillos, de tal manera que no han perdido un gramo de actualidad.

“El robo a mano armada que suponen los libros es sencillamente una estafa de lo más cínica. Z escribe un libro que publica Y, y que reseña X en el «Semanario W». Si la reseña es negativa, Y retirará el anuncio que ha incluido, por lo cual X tiene que calificar la novela de “obra maestra inolvidable” si no quiere que lo despidan. En esencia, ésta es la situación, y la reseña de novelas, o la crítica de novelas, si se quiere, se ha hundido a la profundidad a la que hoy se encuentra sobre todo porque los críticos sin excepción tienen a un editor o a varios apretándoles las tuercas por persona interpuesta”.

En Matar a un elefante, considerado uno de los mejores ensayos jamás escritos en la lengua inglesa. Orwell cuenta cómo, cuando fue policía imperial en Birmania, los indígenas le empujan a matar al pobre animal por ser el único hombre blanco armado. Orwell mata para impresionar a los nativos, cediendo a la dictadura del halago, un instinto de popularidad. Entonces entiende que las colonias envenenan casi tanto al perpetrador como a las víctimas.  “Cuando el hombre blanco se vuelve un tirano -concluye el autor- es su propia libertad la que destruye”.

Visionario más allá de 1984

Su distópico 1984, un arma arrojadiza contra el totalitarismo, aparece mencionado en nueve de cada diez artículos dedicados a la NSA pero su clarividencia no se limita a la vigilancia. Como le ocurre a visionarios como Marshall McLuhan, sus análisis parecen casi más necesarios ahora que entonces. Advierte por ejemplo la inminente amenaza del estalinismo antes de que estalle la IIGM y denuncia un sistema tiránico que engaña a las grandes sociedades cultas frente a una democracia pasiva, incapaz de responder. Vaticina el devenir de la Guerra Fría y el fervor religioso de la juventud por sus ídolos que hoy llamamos “ser fan”. Augura la trivialización del término “fascista” y sus derivados, que perderían su significado gracias a la sobreexposición y asimilación de los medios de masas.

Orwell tenía una fe ciega en el poder del lenguaje y despreciaba a todo aquel que publicara alegorías para suavizar la barbarie. Sus críticas no hacen prisioneros: desprecia al católico Chesterton, defiende el realismo macarra de Henry Miller y disfruta la experiencia de James Joyce (aunque le llama “una especie de poeta y también un pedante elefantino”). Califica Sherlock Holmes y La cabaña del tío Tom de “buenos libros malos” que excitan las emociones sin que intervenga el intelecto. Cuando Tolstói acusa a Shakespeare y su rey Lear de ser basura sobrevalorada, Orwell señala tranquilamente su falta de rigor y sugiere – décadas antes que Harold Bloom– un origen menos halagador para su crítica. “Uno no puede, propiamente hablando, responder al ataque de Tolstoi. La pregunta interesante es: ¿por qué atacó?”.

Y parece que todo son críticas (él mismo afirmó que las circunstancias le habían convertido en planfletista) pero la característica principal de Orwell no es el odio sino la bondad. Feroz, pero nunca despiadado, parte de su genio está en su optimismo, que le lleva a decir:

“Las bombas atómicas se apilan en las fábricas, la policía merodea por las ciudades, las mentiras salen de todos los altavoces, pero la tierra todavía gira alrededor del sol, y ni los dictadores ni los burócratas, por más que desaprueben el hecho, lo pueden impedir”.

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Leer una reseña aquí.

Recuerdos de una librería, George Orwell

Recuerdos de una librería, George Orwell

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Cuando trabajé en una librería de viejo –establecimiento que se suele imaginar, cuando no se trabaja en él, como una especie de paraíso en el que unos encantadores caballeros de edad curiosean entre infolios encuadernados en piel-, lo que más me llamó la atención fue la escasez de personas realmente aficionadas a los libros. Nuestra tienda tenía un surtido de interés excepcional, pero yo dudo que el diez por ciento de nuestros clientes supiesen distinguir un libro bueno de uno malo. Eran mucho más numerosos los esnobs de las primeras ediciones que los amantes de la literatura; más numerosos aún eran los estudiantes orientales que regateaban por los libros de texto baratos, y las más numerosas eran mujeres despistadas que querían un regalo para el cumpleaños de un sobrino […].

La verdadera razón por la que no quisiera pasar mi vida vendiendo libros es que, cuando lo hice, perdí el amor que les tenía. Un librero se ve obligado a mentir sobre los libros, y esto le provoca aversión hacia ellos. Y peor aún es el hecho de estar constantemente quitándoles el polvo y acarreándolos de aquí para allá. Hubo un tiempo en que me gustaban los libros; me gustaba verlos, tocarlos, olerlos, sobre todo si tenían más de cincuenta años. Nada me agradaba tanto como comprar un lote de ellos por un chelín en alguna subasta de pueblo. Hay un encanto especial en los viejos e inesperados libros que forman esas colecciones: poetas menores del siglo XVIII, antiguos gaceteros, volúmenes sueltos de novelas olvidadas, ejemplares encuadernados de revistas femeninas de la década de los sesenta. Para la lectura de los ratos perdidos –en la bañera, por ejemplo, o por la noche, cuando uno está demasiado cansado para acostarse, o en el cuarto de hora libre de antes del almuerzo-, no hay nada como un número atrasado del Girl’s Own Paper. Pero tan pronto como entré a trabajar en la librería dejé de comprar libros. Vistos en masa, cinco mil o diez mil a la vez, me resultaban aburridos e incluso levemente repulsivos. Ahora compro alguno, de vez en cuando, pero sólo si es un libro que deseo leer y que no puedo pedir prestado, y nunca compro libros antiguos. El delicioso olor del papel viejo ya no me atrae. Lo tengo asociado con los clientes paranoicos y con las moscardas muertas.

George Orwell
Recuerdos de una librería
Fortnightly, noviembre de 1936

Foto de Topher Hackney

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